Índice : •   Introducción •  ¿Qué es la vida? •   Las limitaciones del homo sapiens •   Leyes mentales de la riqueza interna •   La capacidad significativa •   Para las personas modestas •   Educación de la voluntad •   Cómo extraer fuerza de los propios deseos y apetitos •   El permiso interno •   Conceptos maestros sobre desarrollo y aplicación de la riqueza interna •   El manejo del esfuerzo personal para acceder al poder •   Fabricando riqueza interna mediante la deliberación motriz •   Multiplicando la propia energía mediante la disciplina mental •   Retención del yo para conservar y aumentar la energía •   Fundamentación lógica y científica de los principios de esta obra •   El hombre y el universo •   Escalando el universo en 12 dimensiones INICIO  Extracto del Capítulo XIV FUNDAMENTACIÓN LÓGICA Y CIENTÍFICA DE LOS PRINCIPIOS DE ESTA OBRA     Antes que nada es preciso señalar que éste no es un libro de auto-ayuda dirigido a ganar mucho dinero o realizar los propios deseos de manera indiscriminada. No lleva al camino de los astutos millonarios materialistas, sino al de quienes aspiran a una riqueza mucho más elevada y completa que conduce a la plenitud interna y no al vacío existencial.   La abundancia de dinero terrestre que carece de valor en sí mismo es una meta insignificante en comparación con lo que representa  el logro de la riqueza interior, una de cuyas opciones permite también la posesión de suficientes bienes materiales.   De nada sirve, en verdad, ser económicamente poderoso y humanamente subdesarrollado. ¿Cuánto vale una persona? ¿Vale por lo que tiene o por lo que es? Es obvio que el tener cosas no va a incrementar el valor de una persona.   ¿En qué se origina este precio? Si hablamos de apreciación social el individuo vale por su imagen, o sea por un “fantasma”, ya que una imagen es solo eso: algo que existe en la imaginación pero no en la realidad, y que además es “flor de un día” sujeta a los caprichos del marketing y la moda.    Si queremos calificar a una persona por lo que es, debemos referirnos indefectiblemente al “ser”, ignorado como tal por una sociedad que gusta de las apariencias porque desconoce la realidad profunda. La olvidada y poco considerada “criatura ser” puede, sin embargo, someterse a un profundo desarrollo de su quintaesencia y constituirse en el mayor valor posible dentro del universo. ¿Qué es preferible?  ¿Tener relevancia como millonario en dinero terrestre por unos pocos años, u obtener el máximo aprecio cósmico y quizá la inmortalidad energética?.      Para los efectos de esta explicación estoy identificando “el ser” con el propio espíritu. ¿Qué es esto? Nada metafísico, por cierto; simplemente una partícula de la energía única del Universo que en su manifestación  más elevada ha encarnado en nuestro cuerpo. Lo normal (la norma estadística) es que el individuo viva en función de lo que tiene y no de lo que es, manipulado por la personalidad en calidad del sistema que mantiene un estrecho control sobre su comportamiento, para encuadrarlo dentro del esquema social predominante.      La opción de vivir en el ser, por el ser, y para el ser, representa en cambio, de acuerdo a las leyes más elevadas del universo, el plus del éxito como individuo y puede conducir a la felicidad más profunda, la armonía, el orden, la coherencia y la sabiduría.    ¿De quién depende? Sólo de ti. Has heredado una partícula de luz divina del universo y debes tener la percepción necesaria para comprender que allí está, aunque en su mínima expresión cuantitativa, “la luz del cielo”, a la que llamamos  “el espíritu”, o “el ser”, y que tu deber más sagrado es cuidarlo y desarrollarlo. Si lo logras, tendrás la autoridad moral y ejecutiva de los justos para procurarte los bienes materiales y espirituales necesarios.    No serás un millonario cualquiera, desposeído de bienes espirituales, sino un sujeto “completo” y equilibrado.   La posesión de la moneda cósmica te permitirá “comprar” o efectuar trueque por toda clase de bienes. X unidades inmortales de RI por X cosas materiales o espirituales.   Para vislumbrar la efectividad de estas proposiciones es necesario examinar,  por una parte, la visión generalizada de nuestra existencia  y por otra, lo que ignoramos de ella.                                         Sabemos que la visión mecánica del mundo se debe a tres personas: Bacon, Descartes y Newton. Después de ellos fue necesario ver cómo aplicar las leyes universales a las personas y a la sociedad, y de esto se encargaron John Locke y Adam Smith. Locke sostenía que el propio interés era la única base para el establecimiento del Estado, la negación de la naturaleza el único camino a la felicidad.   Fue considerado como el representante de la abundancia material y la expansión ilimitada, noción plenamente vigente hasta el día de hoy. Smith fue el creador del concepto de la “mano invisible”, que sería la ley natural gobernadora de los procesos económicos y subordinó todos los deseos  humanos a la búsqueda de la abundancia material, para satisfacer necesidades físicas. Se suponía que mientras mayor bienestar se lograra, más ordenado sería el mundo.   Hasta el día de hoy se busca con ansias obtener la mayor abundancia material posible sin considerar el agotamiento de los recursos naturales del planeta. Mucho tiempo ha pasado desde Newton, al colisionador de hadrones, y la física cuántica se ha puesto de moda para justificar grandes verdades, mientras los ignorantes ilustrados la usan también para respaldar tonterías infantiles.   Es obvio que existe una gran proliferación de teorías científicas impresionantes, aunque por desgracia hay muchas que parecieran provenir  “del mundo de Disney”, y esto ocurre porque el área más atrasada de la ciencia es la determinación y control de la calidad cognitiva de los propios investigadores, en el sentido de percepción  fidedigna de la realidad y discriminación superior. En efecto ¿quién nos garantiza la calidad del instrumento de conocimiento de un individuo? ¿Es un sabio o un mero robot de inmenso disco duro? Lo cierto es que, por el momento, no existe el modo de determinarlo y los científicos están expuestos como toda persona normal a una variada gama de aberraciones de percepción que pueden falsear o distorsionar su visión de la realidad.   Consideremos por un momento qué grado de confianza nos merecerían determinados análisis de laboratorios efectuados con microscopios o instrumentos descalibrados, inadecuados o dañados. Por cierto que ninguna, pero confiamos en las observaciones científicas efectuadas por mentes cuyo instrumento de percepción puede carecer de garantía cierta de visión fiel de la realidad, en el sentido de ausencia de aberraciones mentales, psicológicas y emocionales.   Lo cierto es que la óptica cerebral  se ve  afectada por aberraciones y padecimientos invisibles que estropean la pureza y magnitud de la percepción. Complejos, envidia, rabia encubierta, narcisismo, ansias de poder personal, fragmentación, vigilia carencial.   En otras palabras, mentes con diferentes tipos de aberraciones suelen avalar diversas teorías y paradigmas a través de los cuales se pretende configurar  la visión generalizada de nuestra existencia.   Suponemos que el mundo progresa a pasos agigantados y que cada vez es más ordenado, pero en virtud de la ley de la entropía hay cada vez mas desorden y caos, en medio del cual se observan islotes de orden y océanos de desorden. (Jeremy Riffkin).   Se acepta el orden explícito en la vida pero se desconocen los mandamientos del orden implicado. (Denominación de David Boheme). Nuestra existencia cotidiana se rige por las normas del orden explícito y el hombre desconoce o niega otros conceptos más elevados, como los que presento en este libro.   La verdad es que todos los males del mundo tienen una sola causa, que es la miseria cognitiva del ser humano en lo que atañe a realidades más profundas que la explicita.   Estamos convencidos de que la naturaleza existe para servirnos y debe ser sometida a nuestros caprichos. Este insignificante mono ambicioso que vive perdido en el espacio en un microscópico cuerpo planetario llamado “Tierra” pretende torcerle la mano a la naturaleza y someterla a los propios designios, sin respetar el orden superior del Universo, y para disimular el exabrupto ha inventado una nueva versión de la lámpara de Aladino, reemplazando al genio por “el campo del universo”, a quien bastaría pedirle un deseo (o varios), para que los concediera inmediatamente.   La gran tragedia del hombre es la de llevar una existencia fantasiosa, ya que por el hecho de ignorar lo que en verdad es la vida, se cree con derecho a actuar arbitrariamente y no en conciencia. (Arbitrio: “voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho”.)  (Diccionario de la Real Academia Española.)   Un infantilismo epidémico detona la pretensión de someter todo al propio capricho sin respetar los mandamientos del orden y coherencia del universo, como si el planeta Tierra no perteneciera al Todo, sino a un mundo aparte, con leyes manipulables por el hombre.   Paradójicamente, cuando se trata de desear cosas, lo hace invocando a un “campo universal” cuyas leyes no conoce ni respeta. INICIO ARTÍCULOS INICIO /  CONTENIDOS /  ARTÍCULOS/  LIBRERÍAS DERECHOS RESERVADOS